viernes, 9 de enero de 2015

Messi 1, Luis Enrique 0

Por Raúl S. Saura

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Después de una tormentosa semana en Can Barça los cuchillos dejaban temporalmente de volar para recibir en encuentro copero y plebiscitario al Elche, dispuestos a la espera para saber a dónde apuntar mejor. A falta del comprometedor partido ante el Atlético en Liga de este fin de semana, llegaba el conjunto ilicitano, requerido en el torneo doméstico y poco interesado en la Copa del Rey. Así, los dos únicos nombres de interés en la noche de ayer no eran sino Luis Enrique y, sensiblemente, Leo Messi.


Se ha conocido la tensa relación entre uno y otro, llegando incluso a discusiones amargas, y todos los ojos se centraban en ambos, en si Messi se había recuperado de su gastroenteritis, en si el técnico tendría algún gesto... Pero, realmente, ni el asturiano hizo nada (no cambió al 10, cedió su espíritu intervencionista, ese fue su gesto) ni el argentino dio signos de queja. Es más, ante un visitante conocedor de que sólo al abrirse complicaría sus labores defensivas y un Barça predecible pese a las grandes figuras, el enfrentamiento sólo fue vislumbrado en las gradas del estadio, entre los favorables al entrenador (el fondo sur) y al diez azulgrana (el resto), a la espera de saber quién se impondría sobre quién. Con un enemigo humilde, los mejores sobre el césped, el escenario parecía propicio antes del gran encuentro del domingo. Era momento para dar una breve noticia positiva tras el adelanto de las elecciones o para que alguien (o todo) terminara por hundirse la misma semana que Zubizarreta había sucumbido.

De esta manera, todo se reducía a ver a un Messi relacionado los últimos días con varios equipos de la Premier League pero que, a la hora de la verdad, ejerció de capitán y jugó para su equipo. Quizás hastiado de las polémicas y el juego aburrido y lento de los suyos, procedió, sin aparentemente ninguna indicación, a ejercer de enlace, de enganche entre el centro del campo y los delanteros, a repartir el balón. Proveyó con éxito y a su alrededor brilló el equipo, volcado en esta relación mutua: Luis Suárez dio impresión de depredador con galones y un gol más en casa, el fiel Neymar marcó dos apoyado en el argentino, quien también lo lograría desde los 11 metros para más adelante asistir de manera proverbial a Jordi Alba. En total, 5-0 en un partido de broma que se había tomado extremadamente en serio. A la espera de hacer daño y con aviesas intenciones de que la sangre llegara el río algunos, se pudo ver a un Messi resoluto jugando y sin dudas acerca de su esfuerzo o compromiso. Ejerció de este modo un recital de dedicación. Ante esto, Luis Enrique reconoció en su proceder que no podría actuar sin dispararse en el pie y, antes de escribir una nueva línea en el libro de desencuentros, optó por sentar al segundo. Neymar, molesto, abandonaría el terreno de juego. Incordiaría, aunque no sorprendería, que la ausencia de tacto (cuya sobreabundancia ahogó al Tata Martino) del iron man condujera a enfadar a casi el único jugador de la plantilla que no ha dirigido nunca una mala palabra contra nadie. Y es que Luis Enrique pisa terreno peligroso aunque procure siempre imprimir las huellas más profundas al caminar.

Por el momento, ha presenciado a un Messi independiente resolver en la ida la eliminatoria de Copa en su propio estadio, a la mayoría del público a favor del argentino y, consecuentemente, en su contra, y a ningún posible candidato a la presidencia del Barça apostando por él salvo el actual, más saliente que entrante. Así, en esta promesa de guerra intestina, uno ha anotado un primer y valioso tanto con su trabajo mientras el otro no sabe hacia dónde se dirige porque ni lo expresa ni lo piensa. Messi 1, Luis Enrique 0.

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