Por Raúl S. Saura
Prometía el inicio del año 2015 traer puntos por regalo al Barcelona tras la derrota blanca en Mestalla. El Real Madrid había hincado rodilla ante un valiente Nuno y, a modo de adelantado regalo de reyes para los blaugrana, aguardaba la opción de un ilusorio liderato en Liga ya que los blancos cuentan con una jornada menos por el Mundialito de Clubes. Pero el premio no sería sencillo, los culés debían rescatar la victoria de Anoeta, imponerse en un feudo imposible incluso en tiempos de Guardiola. Pero en deportes y en tantas cosas más, hay que intentarlo y a eso se debieron dedicar.
Debieron porque no lo consiguieron, Luis Enrique sorprendió a todo el mundo cuando, ante la opción de recortar distancias con el máximo rival, decidió sentar en el banquillo a Messi, Neymar, Alves, Rakitic y Piqué. El banquillo de los visitantes parecía de final de la Champions League y se desprendía la sensación de que el asturiano jugaba a los malabares en un crucial punto de inflexión para un equipo a la deriva bajo su mandato. Cuando su plantilla tenía al alcance colocarse en primera posición, cuando para ello debía luchar y ganar en un estadio maldito donde ya claudicaran los dos principales clubes de la capital, Lucho apostaba por sentar a las estrellas. Como si se tomara a burla el asunto, y la burla se volvió contra él.
No tendría que esperar mucho porque en el primer minuto, al segundo corner, Jordi Alba marcaba en la portería de Claudio Bravo, quien regresaba a la que había sido su casa durante 7 años. Gol en propia y a soportar el vendaval, aquello no tenía buena pinta y la afición ya imploraba por sus cracks para enmendar el despropósito.
Pero Luis Enrique no cedió, nada dado a la autocrítica. Resulta gracioso que esto se convierta en una realidad cuando su llegada a Can Barça el pasado verano significaba no edulcorar o acomodar, nada de mentir. A partir de entonces se ganaría con sangre, sudor y lágrimas. Nada de eso se ha visto, la tan cacareada meritocracia luchista no ha cundido cuando el técnico ha preferido experimentar jornada sí y jornada también con nuevas alineaciones para sorprender a los rivales. Es necesario decir que así ha sido, Moyes se llevaría una inesperada alegría cuando vio a Messi y Neymar sin vestir en corto. El proyecto ha naufragado y ha dado lugar a una progresión muy irregular del equipo, que hilaba actuaciones portentosas, otras un tanto seguras y varias decididamente calamitosas. El encuentro ante la Real, que ni mereció ni desmereció. se adscribe a estas últimas.
Aquello reflejó una completa inseguridad del entrenador azulgrana, una completa incapacidad para transmitir a su plantilla unas ideas claras, apostar por unos hombres como sus sargentos. Así se vio a los jugadores sobre el césped, débiles, dormidos, jugando poco y lento, con el dichoso piloto automático de otros tiempos que aún no se han ido. El Barcelona necesitaba remontar el encuentro en aras de salvar el orgullo y en vez de esto exhibió una demostración enciclopédica de procrastinación. Algo es insalvable, incomprensible y abochornante para uno de los grandes de Europa, un equipo que debe considerarse candidato a ganarlo todo y más cuando cuenta con una plantilla de escándalo como la del FC Barcelona.
Esto no apareció, liderados los jugadores por un hombre inepto en tamaña empresa, obsesionado con ser y conseguir algo que no es, que se perdió en su intención por revolucionar un equipo deprimido y ahora muestra una ineludible falta de ideas. Ineludible en tanto no se puede eludir, pero, en su caso, sabemos que lo hará. Siguiendo las ruedas de prensa de Luis Enrique, el Camp Nou es la capital de los reinos de yupi donde reina la paz y el amor, donde todos son felices y la sonrisa omnipresente. En base a sus palabras no podemos esperar que corrija unos errores que no admite. En base a los últimos meses no podemos esperar que corrija errores a secas. No reconocerá ninguna mala praxis cuando el conjunto solo intimidó a una Real invisible con la entrada del 10 y el 11 azulgranas. No sabrá, en definitiva, qué hacer, dónde ni cómo.
Su desorbitada buena (qué digo, grandiosa) concepción de sí mismo ha dado con sus huesos, una vez más, en el suelo. El del campo que ha presenciado su derrota, ante los rivales que no lucharon por provocarla. Ni admite ni reconoce, no hay más ciego que quien no quiere ver ni mayor venda que el orgullo. Parece como si premeditadamente buscara complicar la vida no sólo a su supuesto equipo de sus amores, sino también a los cronistas del mismo que observan la sucesión de actuaciones maravillosas y otras defenestrables. Y comienzan a calcular que estas últimas, de nuevo, se corresponden con la realidad.
Sin embargo, esta es obstinada y se empeña en mostrar un equipo apagado, sin ideas, que vive enteramente a expensas de las genialidades de los de arriba (y ya se sabe que cuanto más buscas a las musas menos las encuentras) y sin concentración, ni espina dorsal ni cerebelo. Ni líder, quien se decanta por esconderse en el mágico mundo dentro de su camarote, donde siempre existe el crédito ante las derrotas.
A la vista de esta anarquía vergüenza de Bakunin, sólo queda señalar la única senda posible para este equipo, a pesar de su entrenador: continuar el sendero del arrastre. Llegar a final de temporada derrotado, humillado y diezmado, pero llegar, y confiar que, una vez concluida, una hada mágica nos otorgue un nuevo técnico que sepa, y quiera, algún día trabajar. Sólo faltaría que el TAS nos negara esto también.
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