Por Raúl S. Saura
Resulta evidente, no hay por qué negarlo: algo está cambiando en el Barcelona. Después de años de fútbol exquisito y éxitos incontestables de la mano de Josep Guardiola, la estrella pasó y el club vio partir a su ídolo. La travesía desde entonces ha sido larga. Aquel juego de combinación, progresiva asfixia del rival, acertado cálculo, goleadas imparables y genios en estado de gracia maravilló a propios y ajenos, a culés y no culés. Incluso despertó el interés por el fútbol a muchos que hasta entonces lo desdeñaban. Aquel equipo de leyenda, probablemente el mejor de todos los tiempos, no se ha reeditado.
Procuró Tito Vilanova introducir ciertos cambios, continuando con la tradición de cambiar el esquema ligeramente todos los años para que no lo descifraran, pero su enfermedad le obligó a retirarse y perdió el control de la nave. Hizo y deshizo las maletas el Tata Martino sin introducir ningún cambio que la memoria haya atesorado, buscando sin éxito el timón. El fútbol sólo había degenerado y el prestigio del equipo disminuido de una temporada a otra.
Desde la marcha de Guardiola hasta el año sin títulos, la afición blaugrana no ha conocido otro tipo de noticias que no rozaran lo trágico. La enfermedad y muerte de Tito, la enfermedad y marcha de Abidal, la humillación ante el Bayern, el regalo de Villa, el de Thiago, la dimisión de Rosell, la lesión de Leo, la triste despedida de Valdés, el retiro de Puyol, la sanción de la FIFA... han supuesto descontar a muchos referentes del equipo. Entre tantos disgustos, recuperar el buen juego se volvió prácticamente imposible y acabamos la temporada con el Tata sin mucho idea de qué hacían los futbolistas sobre el césped. No mucho, la verdad. Sin duda, nada de correr.
Para remediar esta situación, imprimir un nuevo carácter de atrevimiento y confianza, llegó Luis Enrique, alabado cual Mesías en las portadas de los periódicos. Acompañado de variados fichajes para paliar el período de sanción, se confió, casi como quien se aferra a un clavo ardiendo, en que el asturiano devolviera la velocidad de balón, la vertiginosa combinación y la mejor versión de Leo Messi, a quien tanto se echaba de menos. Casi tanto como a Guardiola, cuya reanudación más de uno quiso ver en el iron man.
Rodeado de novedades como Mathieu y Rakitic, las primeras sensaciones no fueron sinceramente malas. Munir y Sandro explotaron, Bravo mantuvo la portería a cero, sentó a Piqué hasta que no demostrara carácter sobre el césped, el argentino se reencontró con el gol y proveyó de diversas asistencias a los jóvenes, a quienes pareció acoger bajo su ala. Mascherano cerrando atrás la defensa y Neymar, mucho mejor que el año pasado y más regular que los demás en el ataque, los mejores de la plantilla. El equipo, como efecto de los agotadores entrenamientos, parecía haber recuperado el esfuerzo en la dictadura de la meritocracia que el míster impuso. Y las perspectivas de cara al futuro, con el estreno de Luis Suárez, ampliaban la sonrisa en el espectador que empezaba a contar los títulos de cara a final de temporada.
Sin embargo, el experimento se vino abajo ante Málaga, PSG, Real Madrid y Celta de Vigo. Llovieron los palos contra el entrenador por zozobrar ante los momentos más decisivos del inicio de la competición, por su incapacidad imaginativa y su escasa experiencia. Se descosió la fantasía, el rey iba desnudo. Todas las ilusionantes promesas de Luis Enrique (la velocidad, el juego vertical, la superioridad física, la tensión, la presión a la pérdida del esférico), comprometidas ante estos nefastos encuentros. Sonó la posibilidad del despido, el suyo, el de un culé histórico.
El parón de selecciones le convino para coger algo de aire y, en vista de los posteriores acontecimientos, para algo más. Tras la dolorosa sucesión de baches, el equipo transmitió sensaciones de mejora, arrastrado por un Messi providencial que avanzaba de tres goles en tres goles, arrasaba con récords de leyenda y lideraba un equipo que volvía a sentirse feliz. Estas sensaciones se coronaron en el encuentro en Champions League ante el PSG, el que inició los problemas de la era Lucho. Marcaron primero los parisinos, el enemigo Ibra, para sentenciar la triada culé: Messi, Neymar y Suárez. El partido terminó 3 a 1 para los catalanes, que pasaron primeros de grupo a octavos de final y el marcador sirvió para esconder las deficiencias mostradas en los 90 minutos de juego. De nuevo, los once hombres blaugranas perdieron el control durante parte del encuentro y la defensa hizo aguas por todas partes, evidenciando que no se renovó este verano tanto como se hubiera debido sin ahora ninguna opción de hacerlo hasta 2016. Aún así, el equipo avanzaba; Luis Enrique había sabido confiar en el material del vestuario, depositando todas sus expectativas en la dinamita que poseía arriba.
No es para menos: Leo, Neymar y Luis Suárez están destinados a formar el mayor tridente de todos los tiempos. El mejor jugador de todos los tiempos, el futuro Balón de Oro y uno de los mayores nueves de los últimos tiempos están plenamente capacitados para rematar la jugada, condenar al rival, sobrepasarlo y atenazarle del miedo. De dejarlo corneado, romper cuanto cerrojo encuentren a su paso. Luis Enrique lo sabe y se apoya en ellos pero, por más tranquilizante que sea el contar con semejantes bestias del gol, esto no enmascara que la defensa requiere de un serio apuntalamiento. Pique necesita terminar de despertar, Bartra de demostrar de lo que es capaz y Javier Mascherano perder unos cinco años por el bien de la plantilla. Porque sino, el equipo sufrirá ante cualquier rival de entidad, como sucediera en el primer encuentro ante el PSG o en el Santiago Bernabéu. O incluso ante un rival sin complejos y con las ideas claras, como el Celta de Berizzo. El extenuante trabajo táctico y la espartana preparación en los entrenamientos, las opciones a mano para paliar estos parches grandes como boquetes.
En cualquier caso, el Barcelona demostró haber recuperado la senda de victorias y la capacidad de sobrepasar a un equipo temible al que el dinero no ha despejado el miedo a las alturas. La realidad es innegable, el Barça está cambiando. Y, por primera vez en muchos años, algunas veces parece que a mejor. Siempre hay algún empate ante el Getafe que emborrone el panorama, pero este equipo cuenta con los ingredientes necesarios para volver a hacer vibrar a la afición los 90 minutos, en vez de asustarla durante 50.
Luis Enrique quiso cambiar el rumbo del club, adecuarlo a su ideología que, aunque de ADN culé, siempre ha apelado más a las gónadas que la el guardiolismo que predicaba aunar ética y estética. El iron man no entiende de ballets ni filosofías, él quiere salir al ruedo y llevarse por delante al primero que pille. Quiere espantar, quiere marcar el ritmo del partido, pegar dos zancadas y desbaratar al rival con un tridente de aúpa. Quiere ver claudicar a los enemigos del toro. El problema surge cuando enfrente se coloca un torero avezado.
Quizás esto sea parte del cambio luchista. Quizás los tiempos de fútbol regular y ganar Ligas hayan pasado a la historia y ahora toque esperar eso, ráfagas de buen y mal fútbol. Irregularidades, rachas de victorias y de derrotas, de maravillar a ratos y atragantar en otros. Quizás Luis Enrique haya vislumbrado en el zigzag la mejor ruta del barco o simplemente el ventoral le arranque las manos del timón y sólo a ratos lo mantenga bajo su control. Difícil de determinar, pero su apuesta por un juego directo, de presión, velocidad y verticalidad se vislumbra a veces sí y a veces no.
Estos son los tiempos de cambios que le han tocado al Barça. A saber cómo se desarrollará la situación porque, si algo es seguro, es que no está nada claro.
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