Por Raúl S. Saura
Confirmó el FC Barcelona las buenas sensaciones después del parón de selecciones y Leo Messi se llevó a casa no sólo un balón más sino un récord de altura. Brillaron los visitantes en Chipre ante un APOEL invisible e impotente que sólo pudo asistir como espectador al rodillo culé y cuando quiso darse cuenta ya estaba bastante por detrás en el marcador y ni en su única ocasión pudo mejorar su papel ante la afición por una mano prodigiosa de Marc-André Ter Stegen. Y es que parece que el mejor Barça y el mejor Messi han vuelto.
Para quienes vieran el encuentro en Liga del sábado ante el Sevilla les bastará con saber que el equipo sigue en esa línea, que nada de virus FIFA y que la plantilla parece despertar y, con nuevos bríos y energías, camina con paso firme en las dos competiciones. Pese a la goleada en Nicosia siguen segundos de grupo por detrás de un PSG que derrotó al Ajax, pero el último partido se jugará en el Camp Nou y jugando como anoche lo raro sería no pasar como líderes a octavos. Y es que el Barcelona jugó como hacía mucho que no hacía (de nuevo), Messi brilló como sólo él puede y sabe (de nuevo) y todo esto ante un rival incómodo y con muchas bajas.
Después del partido ante los de Emery, los ojos se pusieron al instante en este, las buenas rachas se confirman en muchos partidos, no en uno solo, y después de las muchas críticas al entrenador (y que perduran contra el presidente y el directro deportivo), ganar resultaba imprescindible para Luis Enrique si no quería que le movieran la silla. Nadie parece dispuesto a ello ahora. Supo resolver un partido fuera ante un rival que hizo pasarlas canutas a sus pupilos para ganar por un exiguo 1-0 en casa. Y, lo mejor de todo, convenciendo.
Sin Bravo, sin Mathieu, sin Busquets, sin Iniesta, sin Neymar ni Xavi, salieron los 11 valientes a confirmar que el Barcelona se resiste a morir y que, de hacerlo, moriría matando a un humilde equipo con ambiciones arquitectónicas. Nunca se expresó mejor un muro sobre el césped. Ya desde el pitido inicial pareció entreverse cuál sería la tónica general del encuentro: posesión feroz, control absoluto de los blaugranas del todo estéril ante una defensa numantina que les concedería, si acaso, alguna ocasión pero nada más. Y en una contra los chipriotas podrían armar la de Dios, montar una polémica casi sin precedentes en Can Barça. Pero no sucedió, los errores vistos como que las líneas estaban muy separadas, que no se abrían más las bandas, fueron solucionándose ellas solas como meros espejismos de los espectadores y la solución dio la razón al entrenador: Luis Suárez, en jugada de 9 auténtico, desvirgó el marcador, como diría el compañero Pedro José Martínez. El charrúa, tras control orientado de espaldas, caño y colocación fina al palo largo, batió a Urko Pardo después de desafortunados intentos de Alves, Alba y demás. Suárez abría la lata del encuentro y de su cuenta personal con el equipo, y es que el caníbal, desde su estreno hacía un mes exacto en el Bernabéu, había entregado cuatro asistencias pero ningún tanto. Él, el pichichi de la Premier League. Ya era hora y estuvo a la altura, promete que el de anoche fue el primero de muchos.
Pero, para hablar de goles, toca hablar de Messi. Da igual las bajas que te encuentres, da igual el pobre dibujo propio o el ambicioso planteamiento ajeno, el argentino rompe todos los esquemas, todas las redes y todas las estadísticas. El argentino parece diseño para derribar cualquier cosa a su paso con el olfato del killer y la elegancia del artista. Porque el 10, tras coronarse como el máximo goleador en la historia de la Liga superando la mítica marca de Telmo Zarra de 1955, quiso hacer lo propio con la máxima competición continental y superó (ya lo había igualado) el registro de 71 tantos de la leyenda blanca y española, Raúl González Blanco, para establecerla con carácter provisional en 74. Promete seguir, como su compañero Suárez y su rival Ronaldo, en una carrera tan prodigiosa como vibrante que nos llevará a los futboleros, en cualquier caso, muy lejos.
Messi, da igual cómo se diga, parece hecho para dejarlos a todos atrás. En el 38', apenas 11 minutos más tarde que el charrúa, quiso sentenciar el encuentro ante un inane APOEL, adelantó a ambos sietes madridistas para continuar en el 57' con pase al espacio de Daniel Alves y en el 87' con solo empujar el gran pase de Pedrito Rodríguez, hizo magia. La suya, la propia, aquella tan elevada que parecía escapársele hasta a él en los últimos tiempos. Pero no, estaba ahí, simplemente había que frotar la lámpara para que el genio saliera. Y vaya si salió, con su melodía de ángeles que torna en truenos para los rivales. No es argentino, es marciano el 10 azulgrana. No hablamos de un líder, de un valiente fuera del terreno de juego, se encogerá ante los micrófonos, pero sobre el campo sigue sin haber nadie como él porque es inalcanzable.
Sin embargo, no se puede decir todo eso sin recordar el maravilloso juego de equipo porque Leo no es un jugador egoísta como se le considera a veces, sino uno tremendamente generoso que sabe mejorar a los compañeros para mejorarse a sí mismo, que participa vivamente en los movimientos de balón jugados más atrás, que realiza un sprint de 30 metros para frenar un ataque real. Omnipresente sobre el campo, imparable para el equipo rival. Trueno y relámpago, creador y destructor, iracundo y jovial, los adjetivos, como el talento, escapan al argentino. Ninguno le hace justicia.
Ante su magia detalles como la doble amarilla a Rafinha (mala noche para el carioca) o la segunda a Alves (otro que tal, ninguna broma si hablamos del enfrentamiento ante el PSG) se olvidan y desfiguran. Y todo esto sin sus socios usuales, Neymar, que se perdió la fiesta para ser el más bailón, Iniesta y Xavi que entró en la segunda parte. Como Adriano para dar descanso a las piernas de Jordi Alba y Busquets para lo mismo con las de Suárez. Se habrá fulminado a Sevilla con un 5-1 y APOEL con un 0-4, pero el domingo sigue esperando el poderoso Valencia de Nuno y no hay que despistarse ni agotarse.
Y todo esto, es justo admitirlo y reconocer la falta de paciencia, viene gracias a un hombre al que en un principio se cuestionó y ahora demuestra llevar razón: Luis Enrique. Difícilmente este volantazo, este nuevo brío, no se deba en parte a él. Como si los futbolistas hubieran encontrado nuevas energías, como si las combinaciones tuvieran ahora mayor éxito y el esférico se volviera a aliar con los culés, la nueva racha que se presiente responde o a una oportunísima mejora de las condiciones físicas y anímicas de los jugadores más destacados o a que la filosofía luchista comienza a manifestarse. Quizás, como con el Celta, sólo hiciera falta que sus agotadoras sesiones de entrenamiento hicieran efecto tras un arranque dubitativo. Como si se debiera hacer hincapié en la tonalidad física que mejora pasadas las sesiones, pero se notan y mucho. Aunque vinieran de un recital portentoso en Liga (y aun habiendo hecho numerosos cambios), los futbolistas culés no dieron señales de estar agotados en absoluto. Personificados en un debutante Suárez y un histórico Messi, transmitieron solidez arriba y atrás, a izquierda y derecha. Confianza y resolución, con su punto de suerte y su mar de talento. Los chipriotas de escasa historia podrán afirmar orgullosos que en su pequeña isla vieron a un coloso superar a otro.
Entre goles y alegrías pasa el Barcelona estos días. Después de la tormenta ha salido un arcoiris que, de mantenerse, puede hacer a los blaugranas imparables y a Messi, que en una semana ha superado dos récords muy significativos, aún más. Es hora de dar la cara, de sudar la camiseta y maravillar, con esfuerzo y dedicación. Este no será el Barça de Guardiola, pero parece que no nos avergonzaremos del de Luis Enrique. Y Messi.
No hay comentarios:
Publicar un comentario