Por Raúl S. Saura
La noticia de la titularidad de Luis Suárez no hizo sino aumentar una expectación ya evidente. James, Ronaldo, Bravo, Casillas, Messi, Neymar, Ancelotti, Luis Enrique... todos eran nombres con potencial de atracción en todo el mundo, todos se veían las caras en el Santiago Bernabéu a las seis de la tarde. Pero el uruguayo suponía incluso más, uno de los mejores delanteros del mundo, referencia del Liverpool cuasi campeón de la Premier League de este año... un futbolista agresivo que pagaba su deuda tras cuatro meses de inactividad. 4 meses que, a su vez, pagaría sobre el campo. Resultó que el pago de la deuda también era deuda.
Muchos confiaban en que el iron man planteara el partido de manera más comedida para que no le robaran la cartera, que, sabedor de la incomodidad de este Madrid sin el balón, plantara a Rakitic junto con Xavi e Iniesta para robarlo como tan bien sabía hacer el Barcelona hasta hace poco y recuperar un Clásico de los de dominio absoluto blaugrana. No fue así y el croata vio banquillo en favor del uruguayo, ahora esa duda la tendremos para siempre.
A cuatro puntos los blancos de los azulgranas en Liga, no podían permitirse perder y quedar descolgados de la carrera por el título, tan reñida este año, y no lo permitieron. El enfrentamiento era de una trascendencia ejemplar para los culés, como contra el PSG, y lo perdieron por tres goles, como contra el PSG. Los errores individuales condenaron al conjunto y concedieron una sensación general de humillación poco correspondiente con la realidad.
Pero vayamos por partes, como Jack el Destripador. El FC Barcelona salió valiente al campo y durante la primera parte fue un digno rival ante los locales, con el balón como amigo, buena colocación atrás (Mathieu, inconmensurable a lo largo del encuentro, todo lo contrario que Piqué) y pólvora arriba. Así llegó el primer tanto culé y único, Neymar en el minuto 3 tras una bonita jugada colectiva azulgrana. Suárez recibió de Messi, pasó al carioca que buscó el espacio y envió imposible para Casillas junto al palo. El Barcelona pegaba la primera mordida ante una defensa intimidada por el tridente culé antes de que apareciera. Se atrasaron y dieron sentido al plan visitante.
Pero casi inmediatamente (muchos gustan de analizar los Clásicos como si fueran la Revolución Francesa cuando vienen a jugar el mismo guión una y otra vez) el Madrid reaccionó a la afrenta, con orgullo y solidez y procedió a asfixiar a los culés por todos los medios posibles. Obligó a Claudio Bravo a estirarse por su récord, a Messi a dejar de pensar en el suyo propio ya para todo el encuentro, a los azulgranas a no descuidar atrás por más que Neymar y Luis Suárez lo hagan constantemente. Los siguientes veinte minutos podríamos decir que correspondieron al Madrid tras el arreón inicial del Barcelona que se revalidó hasta el fin de la primera parte. Después del esfuerzo físico merengue, los azulgranas recuperaron en balón y el control del esférico y lo usaron en su provecho. Porque este Madrid, al contrario que el de años anteriores, no se basa únicamente en el contragolpe. Además, ha incluído el control del balón entre sus prioridades y si no lo tiene sufre. Y cuenta con esas dos opciones en un partido y tiene unos jugadores que son unos atletas como dijo Guardiola. En definitiva, son un equipazo y en el Clásico jugaron como tal. Ay Rakitic...
Una vez Bravo hizo una exhibición general de sus habilidades y su equipo de las propias atacando al Madrid y buscando cosquillas con su propio arreón, uno de los nombres más destacados de la tarde (para mal) vino en buscar la igualdad en el marcador. Gerard Piqué consideró que los blancos merecían un golito al menos y quiso ayudarles con una mano azarosa, inexplicable e innecesaria. Y claro, penalti. Era estirar mucho el rizo y Cristiano Ronaldo igualó el encuentro con ayuda del 3 azulgrana que estuvo farragoso, desafortunado, desacertado, falto de concentración y capacidad para asimilar los acontecimientos. De nuevo, como contra el PSG, los errores individuales echaron por tierra el trabajo colectivo pero en esta lid Piqué parece buscar brillar con luz propia. Su nivel no rayó ni el de filial.
Así, tras este calamitoso error que otorgó el justo empate, llegó el descanso. Sin cambio alguno, ambos equipos salieron con ganas de llevarse el gato al agua pero sólo uno salió a nivel de concentración. Los culés palidecieron en los últimos 45 minutos, víctimas de su propia dejadez. Ya consintieron al final de la primera parte en que el Real Madrid jugara un partido de un extremo a otro y sufrieron por ello y no cambiaron la tendencia que se intensificó hasta el pitido final. Luis Enrique no cambió a un Luis Suárez invisible y agotado por Rakitic para introducir control en el centro del campo donde el equipo tenía una desventaja numérica seria. Luis Enrique no cambió a Piqué tras su vergonzosa acción para que ampliara el historial. Luis Enrique no cambiaría más adelante a un Sergio Busquets desconocido hasta ahora, débil, falto de concentración, lleno de fallos y poco seguro. Con eso y el desnánimo general ante el espectáculo físico blanco, llegó la catástrofe.
Con el primero y el tercero hay esperanzas, con el segundo ya ninguna. Este no es un vano ejercico de señalar culpables de la derrota porque nunca seremos capaces de analizar todos los factores. Sólo señalo, desde mi opinión personal y la empiria, el principal agujero negro culé en el Santiago Bernabéu. Un jugador que ya no recuerda en lo más mínimo al digno compañero en la zaga de Puyol, un hombre torpe, falto de atención, de preocupación, con pocos cojones sobre el campo. Lo contrario de un líder, sino un ser ausente y preocupado por la reflexion del olor de las nubes antes de por el trabajo serio. Leo Messi pasó por esa etapa y parece que comienza a salir (al principio del encuentro se le vio muy activo pero fue desdibujándose paulatinamente. Nuevamente, Neymar brilló más que él) ahora, pero por muchos años ya se espera a Piqué y este no responde. Quizás la oferta del Manchetser United sea la mejor opción para todos y, una vez termine la sanción, un Laporte, un Hummels borre su cuestionable recuerdo.
No fue digno compañero de otros como Mathieu o Mascherano, que sí se han ganado el corazón de la grada culé por su dedicación sobre el césped, su esfuerzo, su respeto, su tensión. Todo equipo del mundo premia a quien se esfuerza y Piqué no se esfuerza ni se le espera. Culés, madridistas y todo aquel que viera el partido convendrá en que dudosamente Bartra se encontraría peor que él de jugar. Que la meritocracia luchista tiene sus fallos.
Los tiene, porque el paso por Madrid ha supuesto el segundo examen suspenso esta temproada. El segundo de dos, tras el PSG. En ambos encuentros, el equipo concedió en que el rival impusiera las normas de juego, realizó una pésima lectura del partido y pagó con tres goles. Y esta vez el pobre Ter Stegen ni pasaba por allí, aquí son dos quienes repiten en el pastel: el consabido Piqué y el sucio Alves. Sucio hasta en su manera de jugar, desde hace varios partidos no hace sino centrar al área independientemente de si encontrará a alguien o no. La misma pregunta anterior podemos aplicar, cambiando a Bartra por Montoya.
Así, en un mar de dudas, de imprecisiones, de necesidades no satisfechas, llegaron los goles madridistas: Pepe en el 49' y Benzema en el 60' para terminar de enrojecer la cara. El Real Madrid, sin desprenderse de la caballerosidad en ningún momento (como dato curioso, Messi, Neymar e Iniesta vieron tarjeta), demostró que es superior quien más trabaja. Que las armas se emplean y los descuidos matan. Que recaer tanto en las estrellas (véanse Bale y Suárez) no tiene por qué suponer un mayor éxito (véanse Isco o Rakitic). Que un nombre es etéreo, pero un hombre más en el centro de campo tangible.
Los cambios no supusieron ninguna revolución: el croata finalmente salió por el capitán Xavi en el 59', Pedro por el debutante Luis Suárez y con muchas cosas por pulir en el 68' y, la mayor de las alegrías, Sergi Roberto por Andrés Iniesta en el 71'. El de Fuentealbilla se tiró al suelo sin contacto anterior y hubo de ser cambiado tan ipso facto que el canterano no pudo ni calentar, ni falta que hacía conociendo el desarrollo posterior. Todo apunta a pinchazo, esperemos que nada serio.
Nada de trascendencia ocurrió más adelante. El Barcelona volvió a perder ante un igual que se mostró más sólido, más confiado, y combinado. Donde las individualidades sí suman para alcanzar el equipo, no como en el Barça. Ahora toca analizar seriamente los errores que permitieron que eso ocurriera en un ejercicio de autocrítica severo e imposible de evitar si el iron man quiere mantener su puesto. Corregir ahora en vez de arrastrar los problemas como el año pasado es la solución, lo que haría un líder. Lo que haría Guardiola, cuyo ejemplo comienza a quemar en Can Barça. Toca dar toques de atención a los culpables, toca sentarles y condenarles a la ignominia mientras no se demuestren merecedores de otro trato.
Toca muchísimo por hacer hasta volver a ser un equipo de leyenda en vez de sólo contar con la premisa para ello. Hasta volver a ser un equipo que cumpla con las expectativas puestas en él. Con unos errores tan evidentes mucho no costará, como sí costará escuchar a un Zubizarreta reconociendo que se debería haber fichado centrales este verano más allá del correcto Mathieu y de un Vermaelen por el que nadie se preocupa. Que 80 millones por Luis Suárez estuvo muy bien, los periódicos se vendieron. Pero que ese dinero invertido en la defensa hubiera traído a los Thiago Silva, Mangala, Mats Hummels, Aymeric Laporte... incluso Fontàs.
Mucho trabajo por hacer en este naciente proyecto de equipo, pero que mucho. Por el momento toca felicitar al Real Madrid y especialmente al maravilloso Isco Alarcón (falso que se esté adaptando al equipo, es el equipo el que se está adaptando a él porque lo vale). Vencieron con convicción y por méritos propios. Los culés, por ahora, muy lejos quedan de ello y de usar la cabeza.
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