Por Raúl S. Saura
Después de liquidar cómodamente a Ajax (3-1) y Liverpool (0-3), tanto Barcelona como Real Madrid tienen como único objetivo entre ceja y ceja derrotar al máximo rival en el Estadio Santiago Bernabéu mañana.
Los madridistas confían en sus registros goleadores, en la vuelta del líder de la defensa Sergio Ramos, en que Casillas se reivindique en casa, en que Carlo Ancelotti (el técnico blanco con mayor porcentaje de victorias) le dé un soberano repaso a Luis Enrique como hiciera con Pep Guardiola en la Champions League.
Pero a los culés no nos faltan argumentos para llegar y darlo todo. Queremos mantener las victorias ligueras ante el enemigo como el año pasado, queremos sacudirnos la derrota en la final de la Copa, queremos mantener nuestro liderato de la Liga BBVA (en cualquier caso, saldremos por delante del Real Madrid) y la portería de Bravo a cero. Queremos que Luis Suárez golee y que Luis Enrique vuelva a triunfar en su visita al Bernabéu, porque de luises va la cosa.
Del charrúa, el fichaje estrella de este verano, la afición blaugrana lo espera todo y hasta más. Los 80 millones pagados por él no importaron por hacerse con el pichichi de la Premier League, con la referencia del Liverpool y de la selección uruguaya. Con uno de los mejores delanteros del planeta. A cambio de vender al gris Alexis Sánches, los culés adquiríamos este killer:
Queremos ver al uruguayo combinando con Messi y Neymar y hacer historia. El argentino y el carioca llevan cinco partidos seguidos marcando juntos, ¿os imaginais si añadimos el tanto del 9?
Pero la historia del otro cuenta con mucha más miga. Después de pasar en el Madrid la primera mitad de los 90, Luis Enrique partió a Barcelona para convertirse en uno de los jugadores preferidos del equipo. En un líder, en un capitán. En un eterno enemigo para su exequipo a raíz de celebraciones como esta:
No será lo más ético del mundo, no será lo más bonito, pero, si hay conversos en las ideologías, en las religiones, ¿por qué no va a haberlo en los sentimientos? ¿Tan condenable es que cambiara un club por otro? ¿Nadie ha pasado del amor al odio? Sí, los azulgranas sabemos que celebrar contra el que fuera el equipo al que juraste amor duele (ay Villa, qué mal quedaste), pero la tendencia tiende a ser la contraria. Samitier, Schuster, Laudrup, Figo... el aficionado blaugrana ha aprendido a convivir con esas decepciones. No resultarán tan polémicas como las del iron man, pero sí más numerosas. Ahora Luis Enrique dedica su corazón futbolero al FC Barcelona y hay que aceptarlo. Se ha convertido en todo un antimadridista y nadie le hará cambiar de tercio. La suya es, sin duda, la fe del converso y nos sobrevivirá a todos y a él mismo.
Asegura no reconocerse en las fotografías vestido de blanco, que el azulgrana le sienta mejor. Que esta es su casa y eso le pedimos. Ese compromiso, esa fiereza cada vez que se medía ante los blancos como jugador. Que saque al toro al ruedo. Ancelotti, de los dos, mantendrá la cabeza más fría porque su sentimiento por su club corresponde a lo mercantil (sin crítica implícita) y quizás por ello no la pierda mientras él sí. Es muy probable, pero esta vez contamos con que el toro mate al torero.
Que, con cuernos y con dientes, salga a la arena del Bernabéu y no deje títere con cabeza.
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