Por Raúl S. Saura
Después de la derrota en París ante el PSG, el Barcelona no podía permitirse otra más. Mucho menos tras el triunfo che ante el Atlético de Madrid (3-1), que obligaba a los jugadores a no quedar descolgados en la lucha por el título liguero mientras les recibía el Rayo de Paco Jémez.
Como ya ocurriera frente a Valverde, Luis Enrique se veía las caras con otro candidato al banquillo azulgrana este verano, con otro seguidor del fútbol ofensivo, la defensa adelantada y la presión ante la pérdida de balón. Ante todo un hermano del concepto entendido por fútbol, lo que suponía un duelo más interesante que un Rayo vs FC Barcelona, sino uno de los partidos más bellos que se pueden disputar en España.
El iron man, para variar, no se amilanó lo más mínimo y probó a Mathieu de lateral zurdo con los hasta ahora ignorados Bartra y Piqué conformando el eje de la zaga. Bravo esperaba bajo palos, atento a pulverizar el record de Artola de la temporada 76/77 como finalmente haría en el minuto 20'. Xavi regresaba al once inicial y Neymar, Messi y Munir confirmaban el tridente ofensivo predilecto del técnico hasta el desembarco charrúa dentro de tres semanas en el Santiago Bernabéu. Pese a lo que digan las estadísticas, ante el rival de enfrente no era excesivo.
Paco Jémez no es sólo el entrenador de uno de los equipos más modestos de Primera, también un superviviente nato. Por tercera vez consecutiva ha visto desaparecer a sus jugadores para sustituirlos en una grandísima labor de castillo de naipes con gangas del mercado para mantener el nivel. De su inteligencia y de la dirección deportiva nadie duda, ahí tenemos a Kakuta. Además, el técnico de Vallecas nunca sale con miedo y juega ante los grandes como si fuera un grande, juega y jugó al Barça como si fuera el Barça. En vez de encerrarse atrás y terminar perdiendo por 2 a 0, prefiere dar la cara y perder por 2 a 0 o por 5 a 0, pero el estilo resulta innegociable y por ello despierta respeto y admiración en todos los recovecos de esta liga. Su salto a la primera línea del futbol nacional e internacional se da por hecho, tiene los galones, la experiencia, las ganas y la capacidad para hacerse cargo de lo que le echen y quizás su destino lo haya de encontrar en el Camp Nou en un futuro. Quién sabe.
En cualquier caso, aún con muchas bajas, un registro para el olvido ante los culés en casa y fuera de ella y unas plantillas incomparables (no comparemos al capitán Trashorras con Neymar), el canario salió a por todas con su planteamiento. No mentimos si decimos que en el arranque del partido los locales pusieron en serios aprietos a los culés o incluso les dominaron, con mayor número de remates, obligando a Claudio Bravo a estirarse por primera vez en la competición y hasta manejando el encuentro con soltura. Los azulgranas hubieron de apretar los dientes y no recordar que en el Estadio de Vallecas fue cuando al Tata se le empezaron a romper los esquemas el año pasado con una de las polémicas más absurdas de todos los tiempos.
Contaban con una ayuda muy importante, la misma cada vez que se cruzan con Jémez: les juega como si él fuera el Barça. Y los Xavi, Iniesta, Messi y compañía saben sacar tajada de la situación, el rival que intente esconderle el balón, presionarle para recuperar y combinar cerca del área intenta jugar en una liga en la que no ganará, un cinturón amarillo frente a uno negro. Los culés siempre tuvieron la sartén por el mango y lo hicieron valer.
Sí, Bravo hubo de meter mano en el remate de Alberto Bueno (8'), pero el esférico regresaba a los visitantes como el anillo a Sauron y poco a poco lo fueron domando y haciéndolo suyo. En realidad esta situación no es culpa de nadie, Jémez coloca siempre a once futbolistas valientes y con las ideas claras, y, por muchas buenas intenciones para con el fútbol, la realidad se impone y los Neymar, Munir, Busquets y Rakitic ganarán la partida. El trabajo frente a las estrellas lo tiene muy complicado ante estas estrellas.
Así, el Barcelona asfixió paulatinamente a los locales hasta matar el partido en el 34/35' con sendos tantos de Messi y Neymar. El primero de vaselina tras recibir sobre el área una lejana recuperación del atento Piqué y el segundo un minuto después con un disparo cruzado y raso a pase de Munir ante la impotencia de la defensa rayista. Aquello estaba visto para sentencia, el sueño una vez roto para los vallecanos, una afición de quitarse el sombrero que apoya incondicionalmente a uno de los equipos más entrañables que se conozcan, sino el que más.
Una defensa tan adelantada ante el Barcelona es un riesgo, dirán muchos, pero también un espectáculo que nos dieron y con el que nos fuimos al descanso con un penalti no pitado de Toño a Munir. No exigieron mucho los visitantes a Lahoz.
Jémez reanudó el encuentro con cambios (Aquino y Manucho entraban por Licá y Abdoulaye) para continuar con el mismo concepto, la misma ambición y el mismo tratar de tú a tú. Con una defensa de tres esta vez que no iría sino a peor, Morcillo fue expulsado por segunda amarilla en el minuto 59 y Aquino en el 90', obligando a los de Madrid a reconstruir con una defensa achicada, maltrecha y disminuida (Baena ejerció de improvisado central) para concederlo todo a una fiereza ofensiva que no se materializó. De verdad que este equipo está hecho de una pasta especial y su técnico, MVP jornada tras jornada, todavía más.
Sin nada ya en juego, entraron Pedro, Rakitic y Sandro por Munir, Xavi y Neymar, obligando al meta Toño a emplearse a vida o muerte para salvar a su equipo. Tanto ahínco pondrían sus compañeros que Aquino, como decimos, vio la roja y acompañó a Morcillo a los vestuarios. También recibió ayuda el meta franjirrojo, todo hay que decirlo, y es que Messi (a dos tantos de alcanzar a Zarra) falló media docena de esas ocasiones que no se deben fallar, pero esa no es historia para esta ocasión.
La que sí, la de este aguerrido Rayo, acabó como siempre, con una dignísima derrota. Es imposible no preguntarse si Paco no ha leído a Bolaño cuando decía que la literatura tiene el valor de saber previamente que va a ser derrotada y salir a pelear. Parece que él le da su propia interpretación futbolística; perdió, pero el espectáculo que nos dio.
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