lunes, 9 de febrero de 2015

De la orquesta a la banda de rock

Por Raúl S. Saura

 

Al contrario que otros, el FC Barcelona ha pasado del infierno al cielo en cuestión de un mes. Del batacazo en Anoeta al éxtasis de anoche en San Mamés, pasando por las tres victorias consecutivas ante el Atlético de Madrid, el Barça está on fire

No sólo han vuelto los buenos resultados, también la confianza de la plantilla en sí misma, que se retroalimentan, y esto, guiados por un tridente sin igual en Europa como Leo Messi, Neymar Luis Suárez, invita al optimismo a una afición que aventuraba la debacle antes de fin de temporada. En poco tiempo, ahora nadie descarta ganar al menos un título en mayo con todas las competiciones aún en juego. Si bien, aunque los éxitos culés no sean noticia en los últimos tiempos, la manera en que llegan sí lo es, y es que este Barça ya no juega como el Barça.

Atrás queda el preciosista juego colectivo de Josep Guardiola, en el que todo estaba ensayado y masticado al milímetro, en el que los jugadores se movían, jugaban el esférico y conectaban cual bailadores de ballet, imponiendo las arpas en la contienda. Ahora, años después, con nuevos jugadores y del puño de Luis Enrique, los culés han tirado los violines y han agarrado las guitarras eléctricas. Seguros y con dinamita arriba, los blaugranas ahora conceden el contacto directo, apelan a lo físico, corren más que nadie y, con pegada y contragolpe, matan a quien se les ponga por delante con el cuchillo en los labios. Al ser tan sui generis, el técnico asturiano ha abandonado el esquema Barça más ortodoxo para experimentar por su cuenta y riesgo, apostando por un juego más vertiginoso y vertical, que disfruta al recibir un puñetazo si por ello tumba al rival. El iron man deja atrás los planteamientos de Valverde y se acerca a la recreación de lo que hubiera sido Jürgen Klopp en Barcelona. No teme al toma y daca. 

Todo esto se remonta, como decimos, a la catastofía padre ante la Real Sociedad. Aquella vez el entrenador puso a sus pupilos y a la afición en su contra, deseando todos su cabeza durante un vivo enfrentamiento con pesos pesados de la plantilla, mayormente (aunque no solo) con Messi. El entrenador, inflexible en tanto ciegamente confía en sí mismo (para él, al menos públicamente, su equipo siempre ha estado como ahora), no quería ceder en nada ante los futbolistas e imponía continuar experimentando con los onces, por más que estos demandaran cierta regularidad y menor arbitrariedad en sus decisiones. Parecía que el conflicto no terminaría sin víctimas, hasta que intervino prodigiosamente Josep Maria Bartomeu, el presidente de la entidad y ahora imputado en el caso Neymar, quien se reunió con el crack argentino para asegurarle su apoyo mientras le pedía que dejara atrás la polémica y se centrara en el juego. Si las relaciones con Luis Enrique en junio seguían igual, contrarían a un nuevo entrenador, pero que no se le acusara de la caída del asturiano. Messi accedió, espoleado además por el tercer Balón de Oro a Cristiano Ronaldo. Neymar, quien vio doblado su salario de 6 a 12 millones de euros, también se prestó a la samba.

El técnico, al verse solo y sin siquiera el apoyo del cesado Zubizarreta, aceptó en parte las propuestas de los jugadores y presentó onces más comprensibles. Respondieron inmediatamente. Ahora, el equipo se encuentra en semifinales de Copa sin los rivales madrileños, avanza en Liga a solo un punto del líder y afronta con ilusión los próximos octavos de Champions ante el Manchester City. Tras tantos dolores, el Barça sonríe, la preparación física comienza a respaldar la confianza en los genios y el equipo ya no tiembla ante los rivales, ni teme los espacios atrás ni desfallece al sabor de la sangre propia. Todo lo contrario. A día de hoy no se conoce equipo tan agresivo, mérito de todos en general y de nadie en particular. 

Así progresa el equipo, resoluto, valiente y expeditivo, eléctrico como el más puro rock n roll. Un goce para el oído y para la vista. Larga vida al rock. 

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