Quedó patente la temporada pasada: los tiempos del imponente Barcelona de Guardiola habían llegado a su fin. La era de juego arrollador y hegemonía en Europa daba a su fin con un año sin títulos y era necesario replantearse muchas cosas con tal de recuperar el puesto entre la élite continental.
La crisis deportiva condujo a una importante renovación de la plantilla con hasta 6 fichajes de altura para el primer equipo (Ter Stegen, Claudio Bravo, Mathieu, Douglas, Vermaelen, Rakitic y Luis Suárez), uno para el filial (Halilovic) y dos regresos de cesiones, Deulofeu y Rafinha, si bien aquel partió hacia Sevilla para mejorar en las labores defensivas. El club apostaba claramente por una revolución en todas las líneas de juego para dar descanso a los pesos pesados y asegurar el fondo de armario necesario para llegar fresco a los últimos meses de competición, algo que no ocurrió con el Tata Martino.
Los directivos aceptaron que algunas figuras ya no recuperarían el nivel que tuvieron con Guardiola y, ante esta realidad y la marcha de referentes como Puyol, Valdés y casi Xavi, la adquisición de nuevos futbolistas se volvía prioritaria. También la de un nuevo estilo, de ahí la llegada de Luis Enrique como entrenador. Sin entrar a valorar el período de este (misericordioso sería calificarlo de irregular e injusto como excelente sólo por el momento actual y no por los meses anteriores), parece que la revolución iniciada el verano pasado queda corta en varios aspectos y que esto quizás suponga graves problemas en el futuro.
La sanción que prohíbe fichar jugadores para el 1 de enero de 2016 puede volverse en contra del club que requiere refuerzos para segurar el poderío futbolístico del futuro. Por ahora, no se vislumbran claros sucesores para míticos jugadores como Andrés Iniesta o Lionel Messi.
No hay que recaer en el pesimismo, es comprensible que alcanzar el nivel mostrado por leyendas vivas del balompié siempre resulta difícil, pero no garantizar un mínimo relevo de cara a la próxima década sí implica colocar al equipo en una peligrosa encrucijada: entre el pan para hoy y para mañana. Los recién incorporados hace seis meses son jugadores veteranos y talentosos que demuestran tener nivel para jugar en el equipo aunque no para marcar una época en el mismo. Que se han ganado el puesto con los años. La ausencia de promesas jóvenes en algunas posiciones señala un problema que a la larga puede resultar desastroso para la institución y más de una temporada en blanco. En detalle, nos referimos a estos problemas:
El ataque. Comenzando por la principal razón para alegrarse, los aficionados no guardan dudas de que el tridente Messi-Neymar-Suárez comienza a arrancar y aportar goles como churros. Con un Pedro como cuarto deseando demostrar su valía no hay peligro. La Masía ha sabido proveer de extremos para dar y regalar con Deulofeu, Tello, Munir, Sandro y Adama; hay porvenir en los extremos que incluso conducirá a overbooking y dolorosas decisiones de cara a quién habrá de permanecer y quién no. Pero del liderazgo de Neymar una vez Messi comience a aterrizar no se duda y por ahora nadie teme al futuro arriba.
La portería. Zubizarreta peleó por Ter Stegen, el futuro bajo palos de Europa, para ver cómo el intervencionista Luis Enrique le concedía la competición larga a su favorito Bravo, favoreciéndole una buena imagen por delante del teutón, a quien la escasa regularidad podría afectarle en su desarrollo. Por fortuna, no es así por el momento y ambos cancerberos están a un gran nivel, tanto como para hacer olvidar la alargada sombra de Valdés. Masip, en todo caso, ejerce de refuerzo para una portería que promete el presente al chileno y el futuro al alemán. Que siga así.
El centro del campo. Junto con la zaga defensiva, la zona más sensible de cara al porvenir. Xavi, Busquets e Iniesta marcaron una época de superioridad absoluta en la zona de motores sobre el resto de grandes equipos. El fútbol de toque alcanzó su máxima expresión gracias a ellos y al astro argentino, pero el 6 y el 8 ya hace tiempo que no juegan como antes e incluso en el arquiecto de Badia se aprecia cierto descenso. Resulta imposible alcanzar el nivel de antes. Con el fin de asegurar una continuidad y liderazgo en el centro que ya no se perciben se cuenta con Ivan Rakitic, Rafinha Alcántara y Sergi Roberto, de cuyos respectivos talentos nadie duda. De lo que sí es de su capacidad para suceder a tan grandes ejemplos. Hay que tener en cuenta que en los últimos años los rivales se han reforzado en esa zona con James, Isco, Verratti, Modric, Götze y Xabi Alonso mientras los blaugranas han dicho adiós a Touré Yaya, Cesc Fàbregas y Thiago Alcántara. Para tirarse de los pelos. Por no hablar de que Busi, pese a seguir siendo joven, no encuentra a nadie a la altura en su posición salvo Javier Mascherano, que tiene diez años más que él y no asegura relevo. Ahí el Barça tiene un gran desafío por delante y, en lo relativo a un centrocampista organizador y creativo, necesita todavía una pieza más para terminar de transmitir confianza. Koke, sucesor de Xavi en la Roja, parece la mejor solución también en el equipo culé.
La defensa. Con diferencia, la zona más sensible de todo el conjunto. Pese a que Piqué, tras el rapapolvo del iron man a principios de temporada parece haber alzanzado algo cercano a su mejor nivel y a que Masche continúa demostrando que no se requiere brazalete de capitán para ejercer de líder, el Barça sigue sin reforzarse adecuadamente en esa línea. Dejando a un lado los pocos goles encajados, ni Douglas ni Vermaelen convencieron nunca, ni Bartra termina por asegurar un puesto en el once titular ni Mathieu de colocarse la etiqueta de titular con galones. La juventud queda en entredicho en esta posición ya que la Masía no provee de nada de valor por ahora y las incorporaciones son más que necesarias. Jugadores como Hummels, Vertonghen y Laporte ilusionan a la afición pero por ahora son imposibles por la sanción. La banda izquierda, entre Alba, Mathieu y Adriano despreocupa y la derecha, ante la inminente marcha de Alves no tanto mientras Bartra y Montoya no se posicionen como jefes del mañana en esa banda. Queda trabajo por hacer.
El entrenador. Definir a Luis Enrique se ha vuelto algo sistemáticamente arbitrario y equivocado. Hasta su concesión ante los jugadores tras la victoria en Liga ante el Atleti era imposible predecir su plan ni sus hombres de confianza, ahora es demasiado pronto como para aseverar. Pero, en base a lo visto hasta ahora es obvio que el asturiano no es un genio táctico ni planifica a largo plazo. Sobresale, eso sí, en la preparación física. No en la deportiva cuando sus pupilos desconocen si jugarán o no dos horas antes del partido. Luis Enrique asemeja un técnico que esconde a toda costa su indecisión y sus inseguridades en golpes de autoridad desacertados y mal calculados. En una frágil máscara de hierro. Los jugadores y especialmente Leo Messi le han concedido una tregua por el bien del equipo pero, si no sabe replantearse muchas de sus leyes, sufrirá en el banquillo y forzará su caída. De ser así se demostraría como técnico inapropiado para un proyecto a largo plazo en cualquier caso.
En definitiva, el Barcelona se reforzó a conciencia el verano pasado para retornar a la senda de los títulos, pero no del todo bien para asegurar la pervivencia dentro de cinco años cuando futbolistas como Xavi, Iniesta, Bravo, Suárez, Rakitic, Mascherano o Mathieu comiencen sus particulares decadencias. El Barça necesita saber jugar sus cartas para no caer con todo el equipo, más cuando no puede fichar por un año. Más cuando su máximo rival amarra estrellas del futuro como Asensio, Ødegaard o Lucas Silva. El Barcelona necesita pensar en el futuro y actuar consecuentemente. Para ello debe considerar algunos nombres como los que a continuación planteamos y que ya tienen bastante caché en las oficinas azulgranas.
De ser despedido Luis Enrique, el equipo ya habría gastado demasiados candidatos al banquillo con el fracaso del asturiano, el de Gerardo Martino o la muerte de Tito Vilanova. Sería necesario encontrar un técnico con el prestigio suficiente para imponer autoridad, que no dictadura, en el vestuario. Para sacar de sus futbolistas lo mejor que tienen y planificar. Un técnico que deje el equipo mejor que cuando llegó. Existen dos opciones, la rupturista (Klopp) y la, más o menos, continuadora con el sistema de juego (Marcelo Bielsa). La segunda parece la más indicada teniendo en cuenta que pesos pesados del Barça como Messi, Mascherano y Bravo veneran al rosarino. Bielsa imprimiría seriedad, disciplina y velocidad al equipo, agotando a sus jugadores más por el esfuerzo físico y mental que por las riñas internas, algo que muchos demandan. El problema consiste en que Bielsa no es un técnico que suele durar mucho en los banquillos por su exigencia, pero, en un período de dos años sería más que capaz de colocar al conjunto en un buen cíclico anímico y emocional que permitiría reforzar el optimismo que florece actualmente. Un entrenador como Jémez o Valverde sabría aprovechar su legado para aportar regularidad al equipo y multiplicar las opciones de un título a final de temporada sin renunciar a todas las virtudes que entrega el argentino. Bielsa sería, así, el primer pilar de un equipo histórico.
Lo que, obviamente, no solucionaría el problema de cara al futuro. El equipo necesita de refuerzos sensibles tanto en el centro de campo como en la zaga defensiva para no quedar a merced de posibles altibajos. Para ello requiere de jugadores jóvenes, talentosos y que conozcan a fondo tanto la Liga BBVA como la Champions League. Koke y Laporte cumplen a la perfección con estas exigencias, si bien la directiva debería batallar por ellos con uñas y dientes a partir de 2016. Costaría mucho, el éxito no es seguro, pero la posibilidad de ver a los dos vestidos de blaugrana con un equipo rejuvenecido que recupere la presión y las triangulaciones seria un sueño al que el Barcelona no puede renunciar. Un cambio que se alejaría o acercaría en función del resultado del próximo miércoles ante el Atlético de Madrid.


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