Por Raúl S. Saura
Al igual que con su predecesor, las cosas comenzaron a torcerse desde el primer momento. "En mis equipos el líder soy yo", declaraciones hechas en su primera rueda de prensa como entrenador del FC Barcelona y que sirvieron para escocer no sólo a la estrella del vestuario sino que también a varios pesos pesados del equipo que veían cómo el recién llegado se erigía en cúspide de una capitanía unilateral. Luis Enrique Martínez entró en el banquillo blaugrana como un elefante en una chatarrería, como prometía, pero los resultados no fueron los esperados desde un primer momento y marcaron una tendencia negativa que sólo ahora parece haber entrado en una nueva fase.
El técnico asturiano aterrizó en Can Barça con la intención de imponer disciplina entre sus jugadores y meritocracia en sus alineaciones, algo con lo que soñaban los aficionados pero que durante las últimas semanas ha devenido en pesadilla para Lucho. De alguien apodado iron man se podían esperar y así ha sido entrenamientos espartanos, como en sus anteriores equipos, gran peso del físico en su idea de juego, como demuestra, y órdenes férreas que no esperan ser respondidas. Luis Enrique nació para forjar soldados.
Sin embargo, varios jugadores del equipo se sintieron desplazados por el nuevo técnico, que ignoraba sus preferencias y recomendaciones, con quien conversar nunca significaba moldear las ideas esculpidas en su cabeza. Este problema de comunicación, pese a que el staff técnico siempre lo haya negado, condujo a que los jugadores se sintieran alejados de un entrenador a quien no entendían porque no guardaban relación alguna con él. La llegada de la competición empeoró las circunstancias.
Con la vuelta de los partidos, los futbolistas asistieron a la sorpresa de conocer quiénes jugarían con menos de dos horas de antelación, lo cual les confundía. La obsesión de Luis Enrique por buscar sorpresas y nuevas combinaciones entre sus pupilos para sorprender a los rivales multiplicó las dudas. 30 encuentros después, nunca ha repetido un once. Los jugadores no sólo contaban con poco tiempo para prepararse para el encuentro, sino que sabían sólo hora y media antes que jugarían junto con alguien a quien no conocerían de nada en un sistema de rotaciones que resultaba arbitrario y sin sentido, que no respeta supuestas jerarquías que en el vestuario consideraban dignas de respeto. Sólo les quedaba, sin certeza alguna, enmendarse a los genios de arriba con resultados dispares.
Pero lo que más enervó a los culés, manifiestamente molestos, fue que los méritos realizados en un partido no servían de nada para el siguiente. Daba igual que hubieran cumplido con un despliegue portentoso o que hubieran pasado desapercibidos, a la semana siguiente calentarían banquillos mientras sus compañeros se enteraban de su titularidad a contrapié. Uno de los principales afectados fue el croata Ivan Rakitic, fichaje estrella del verano, quien no comprendía que fuera borrado sistemáticamente para los partidos importantes si siempre había dado buena imagen sobre el campo y mostrado una completa integración en su nuevo equipo.
La derrota en el Bernabéu inició una crisis de resultados que condujo a la situación de hace unas semanas, pero además tuvo sus ramificaciones anímicas y deportivas. Después de que el entrenador, de nuevo sin ofrecerles ninguna explicación, planificara un once sin nada de especial (salvo el estreno del uruguayo Luis Suárez), les llegó con la noticia de que el francés Mathieu jugaría de lateral izquierdo. Una posición en la que nunca había jugado vistiendo la elástica azulgrana y con sólo 90 minutos de conocimiento antes de enfrentarse al eterno rival en su campo para sucumbir en una amarga derrota.
Los ataques de entrenador del iron man nunca fueron comprendidos por una plantilla que quiso ser escuchada y no recibió tal privilegio. Las tensiones escalarían con las subsiguientes derrotas como contra el Celta de Vigo, y los ánimos decayeron mientras la prensa se limitaba a contar las veces que el asturiano sentaba a Leo Messi. Parecía que el entrenador reaccionara por impulsos sin que existiera un trabajo concienzudo de fondo que lo respaldara. Como si no hiciera falta explicar nada ni reflexionar. El técnico, aun perdiendo, actuaba como si se creyera Cruyff o Guardiola, y eso era algo que los jugadores no le consentían.
Luis Enrique, un toro miura, no parecía el hombre más preparado para liderar un ambicioso proyecto y las escasas relaciones con sus hombres se resintieron aún más, hasta el punto de que algunos como Gerard Piqué confesaran en privado que era el peor entrenador que jamás habían tenido. Aquel hombre mandaba obedecer órdenes a las que ni siquiera los capitanes encontraban explicación y de escuchar quejas las consecuencias serían terribles.
En este ambiente tan enrarecido se produjeron los encuentros con el 10 culé de sobra conocidos. El técnico no consintió ni concebía una acusación tan airada de uno de los suyos y amenazó con tomar medidas ejemplares. Solo entonces comenzó a vacilar. Messi, cuatro veces Balón de Oro, máximo goleador de Liga y Champions League es uno de los mayores referentes en la historia del Barça, el masivo apoyo del Camp Nou así lo confirmó. Entre Leo y él, para la grada, para el director deportivo y para el presidente, la respuesta era el argentino. Luis Enrique estaba solo en aquella contienda y con todas las papeletas para volver. El toro que se creía con fuerzas y capacidad para llevárselo todo por delante tuvo que recular antes de tropezar ante el precipio.
Aquella vez, más que ninguna, Lucho comprendió que se encontraba en una situación extremadamente delicada. Ni siquiera cuando el equipo emparejaba derrotas consecutivas percibió ningún peligro de su puesto pero aquella vulnerabilidad interna le paralizó. El despido fulminante de Zubizarreta, lo más parecido a un amigo en el organigrama culé, tampoco ayudó. La soledad rodeó al toro, que afrontó por primera vez la duda primordial. Seguir por el camino marcado desde el principio, el de su palabra como orden, el de sus experimentos que condujeron a la irregularidad de juego y reeditar nuevos conflictos con sus jugadores hasta el punto de, previsiblemente, forzar su marcha en la mayor crisis del club. O tender la mano y tener en cuenta las peticiones de unos jugadores que nunca le desearon mal alguno. El partido ante el Atlético probablemente marcó un regreso a la primera casilla.
Por primera vez, el iron man presentó un once que muchos aficionados reconocerían como el mejor para las grandes ocasiones, un once que gustaba a sus pupilos y que demostró su potencial con un contundente 3-1. La euforia general fue remarcada por las declaraciones de los héroes de la noche que daban por terminada la guerra. Pocos días después, el 4-0 con suplentes ante el Elche en Copa ayudó a redondear los ánimos y continuar en la misma dirección. En ambos cruces se respiró confianza, optimismo, buen juego y apoyo unánime de todas las instancias de un club que quizás logre bordear un problema bastante gordo después de todo. Y en medio de toda esta alegría es justo reconocer que algunos detalles del éxito le pertenecen: el magnífico estado físico de los deportistas es fruto de su intenso programa de ejercicios y Suárez ya se ha acoplado a la perfección a la encontrada y disfrutada dupla Messi-Neymar. Por primera vez en mucho tiempo, en el equipo se aspira a ganarlo todo sin complejos.
Ahí radica la duda del toro, inmerso en un laberinto en el que no sabe si avanzar o retroceder. O insistir en lo anterior y devolver el constante ir y venir de la noche y el día, o formar un equipo unido, cohesionado y establecer cierta regularidad en el once que aumente la confianza de los futbolistas y continuar con las últimas victorias. La respuesta, para todos, parece clara.


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