domingo, 16 de noviembre de 2014

Presa de sus palabras

Por Raúl S. Saura

 

Mucho está fallando el FC Barcelona a la hora de convencer estas últimas jornadas y muchos son los motivos a los que se ha apuntado para explicarlo. Tras un inicio prometedor, el nuevo conjunto de Luis Enrique pareció haber recuperado, si no su mejor versión, sí una convincente tras la mala experiencia del año anterior. La rapidez, la presión, la agresividad, el mimo dado al esférico... aquel equipo de veras prometía volver a enamorar a una afición dudosa y a la espera del regreso de Luis Suárez a los terrenos de juego.

Pero lo cierto es que desde la derrota en el Bernabéu el equipo se ha ido deshinchando poco a poco y todo lo que era sólido se ha ido desvaneciendo: la seguridad defensiva desaparecía cuando le buscaban las cosquillas, los nuevos cancerberos no logran hacer olvidar el recuerdo de Víctor Valdés, el centro del campo no la mueve ni tan rápido ni tan bien como hicieron parecer y el buen momento en ataque va más bien en función de cómo tenga Messi el día si Neymar no lo remedia. En resumidas cuentas, así ha vagado este Barcelona desde entonces con batacazo ante el Celta en casa y la victoria in extremis frente al Almería.

Ahora, con el parón de selecciones de por medio, tenemos un momento apropiado para señalar uno más de los errores de base del entrenador a la hora de devolver al Barcelona a su exhibición más competitiva: no se casa con nadie. Esto, por muy desconcertante que resulte, era uno de sus más firmes credos al llegar al banquillo y sigue siéndolo. "En mis equipos, el líder soy yo" dejó claro a los primeros meses. Y, efectivamente, no se casa con nadie; sus cambios de un partido a otro, de un 11 a otro, extrañan a propios y extraños por lo poco parecidos. Lo mismo juega uno que otro, lo mismo Sandro le quita el puesto a Neymar para luego desaparecer, lo mismo Ter Stegen cmpite en un torneo y Bravo en otro, Mascherano y Mathieu juegan en una posición y al siguiente partido en otra... 

El iron man se precia por no desvelar cuáles de sus pupilos jugarán como titulares hasta media hora antes del encuentro, lo que ha conducido a la confusión e inseguridad entre los jugadores. Desconocen si disputarán o no el próximo partido, si pasarán de ser una apuesta del técnico a dejar de ser convocados como Piqué, si son tenidos en cuenta o no. En un principio las rotaciones ilusionaron como instrumento para evitar que algunos se consideraran inamovibles y caer en la sedentariedad sobre el césped, como ocurriera en el equipo del Tata. Tras unos inicios interesantes cambiando a Messi, el rosarino se echó atrás y no varió el once aunque algunos jugadores (Pedro, Alexis) demostraran encontrarse en mejor estado de forma que quienes, jornada sí y jornada también, pasaban por delante de ellos (Cesc, Neymar). Con el asturiano se pretendió cambiar esto: cualquiera era susceptible de sentarse en el banquillo y ver a un canterano como Bartra o Munir jugar en su lugar.

La idea no es mala en absoluto, conduce a la competencia interna, a que quien quiera jugar deba ganárselo antes. Pero el concepto parece habérsele salido de las manos al entrenador que recurre al mismo en todo momento. Así, aunque un futbolista haga un partido soberbio, sigue siendo susceptible de no jugar ni un solo minuto a los tres días y, de esta manera, los deportistas no saben a qué aferrarse para hacer lo que quieren: jugar.

Presa de sus palabras, Luis Enrique insiste en no querer casarse con nadie y en no favorecer a ninguno en la plantilla, algo respetable pero conducido hasta unos extremos muy pocos sanos. Hasta una circunstancia en la que no saben qué van a hacer o qué deben hacer para llamar su atención y reclamar su tiempo sobre el terreno de juego. La introducción de rotaciones, bien empleada, es un arma brillante para aumentar la intensidad técnica y la atención táctica de los pupilos y para reservar a los titulares de cara al final de la temporada. Sin embargo, Lucho no ha logrado encontrar el punto intermedio que permita a este equipo avanzar con una serie de ideas claras.

Los entrenadores requieren de un jugador sobre el campo que ejerza de prolongación suya, alguien con quien tenga una afinidad especial para hacer cundir su idea sobre el césped y que los otros diez lo tomen como referencia. Guardiola lo tuvo en Xavi Hernández, Ancelotti en su primer año con el Madrid en Xabi Alonso y el mismo Guardiola ahora en el Bayern Munich en el mismo Xabi Alonso. Luis Enrique ha buscado siempre no favorecer a nadie sobre los demás, lo que, en términos meritocráticos, conduce a la injusticia. Un club de fútbol de la élite no es un círculo de Podemos y debe jugar siempre quien mejor esté, que mucho no varía de una semana a otra. Si Luis Enrique se entiende y empatiza mejor con algunos de sus jugadores, que lo hace, con Javier Mascherano, Rakitic o Rafinha Alcántara, debe dar un paso adelante y saber apostar por ellos. Por hacer ver que estos tienen asimilados sus preceptos a la perfección y que son los referentes a seguir, unos nuevos para un nuevo equipo.

Así, Luis Enrique ha de saber configurar una nueva jerarquía que le responda y apoye, ha de señalar el camino a seguir y trabajar con estos representantes suyos estrechamente como una herramienta más para difundir su credo luego en el vestuario: la presión a la pérdida de balón, el despligeue físico, la verticalidad... en vez de tener hasta a los capitanes dubitativos de si jugarán o no, que haya una serie de hombres que digan: "El míster quiere esto" y utilizar esta poderosa arma a su favor para sacar de sus jugadores lo que quiere: todo.

Tiene este parón para trabajar en ello y terminar de configurar el equipo que busca por los medios a su disposición o, si no, de continuar por la mala racha vista hasta ahora, su puesto peligrará. Y esta no es una amenaza, hablamos de una realidad. Muchos medios han apuntado a que la directiva de Bartomeu se haya fijado en Marcelo Bielsa para sustituirle en el banquillo y más sabiendo que el argentino ha expresado su deseo de no continuar un segundo año en Marsella. Otros incluso han rumoreado acerca de si el expresidente Joan Laporta se presentaría a las elecciones de 2016 (todas las encuestas le dan como favorito) con José Mourinho como nuevo entrenador. Una opción tan rocambolesca que no la tuvimos en cuenta en nuestro casting para entrenador blaugrana. Asociaciones raras o no, lo cierto es que se tratan de entrenadores de mayor prestigio y éxito que el asturiano, que bien hará en escuchar las diversas propuestas lanzadas para no recaer en los mismos errores y volver a armar un equipo que enamore por sus muchas virtudes.  Su alternativa es un despido fulminante, así que la afición culé le ruega que escuche, aunque no sea de su agrado.

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