domingo, 2 de noviembre de 2014

Barcelona ya no es taurina

Por Raúl S. Saura

 

Lo oculte mejor o peor, el FC Barcelona está inmerso en una crisis desde la marcha de Josep Guardiola. En 2012, después de años de un fútbol atrevido y preciosista, valiente, estético y demoledor ideado por el filósofo y el inolvidable Tito Vilanova, se dio por finalizada una etapa hasta ahora imposible de reeditar. Tito tomó los mandos del equipo pero ya hablábamos de una pata menos y su enfermedad le impidió entrenar toda la temporada. Aún así, su gran ejemplo ante sus pupilos les condujo a conquistar un título liguero de récord que escondió una serie de defectos que comenzaban a vislumbrarse.

A estos todavía no se les ha puesto solución, sino que se marcan cada vez más a cada partido jugado como ya hablamos. Hace un año llegó Gerardo Martino prometiendo recuperar la presión alta a la pérdida de balón, Luis Enrique esta temporada también. Ninguno lo ha conseguido. El asturiano (el recién llegado argentino no se atrevería a tanto) prometió una renovación profunda de la plantilla. A día de hoy todavía se espera. La afición ya ha comprobado que en los partidos más importantes, los cruciales, los fallados hasta ahora, el iron man coloca a los héroes de Guardiola. Los de otra época, los que rebasan la treintena. Da igual que Xavi, Iniesta y Busquets comiencen a notar los kilómetros y los años en las piernas; da igual que Messi, quien parecía recuperado estos últimos meses, no se reencuentre con el gol desde que quedara a solo un tanto del récord de Zarra. Da igual que se mantuviera la portería a cero durante ocho jornadas, en dos el equipo se ha encargado de dilapidar todos los méritos vistos hasta entonces y airear los defectos.

Luis Enrique fue contratado porque se vio en él todo lo contrario a la balsa de aceite del Tata. Se vio decisión, bravura, valentía, cero miedo para sentar a quien quisiera. Se vio a un toro, la esperada reedición de los tiempos del filósofo. Los de ideas, cambios en la organización del equipo, innovaciones constantes para lograr que nadie le pillara el truco al conjunto a batir en España y Europa. Pero la realidad ha insistido en contradecir todas las promesas del asturiano. Rakitic desaparece en partidos grandes, Luis Suárez no ha marcado desde que regresara tras cuatro meses de sanción, la llegada de Mathieu (Vermaelen apenas se ha recuperado de su lesión) es insuficiente para reforzar una zaga maltrecha. Los espacios dejados atrás por Alves y Alba desmontan cualquier intento serio de solidez defensiva. El equipo, como con el Tata, como contra el Bayern, hace aguas.

El Barcelona ha empatado ante el Málaga y perdido contra PSG, Real Madrid y Celta de Vigo, despidiéndose del liderato en Liga, y a la espera de visitar Amsterdam esta semana ante el Ajax. Con Ter Stegen en portería, que ha recibido en tres partidos tantos goles como Bravo en diez. Y parece que Luis Enrique no sabe qué hacer, no borra la sensación de inseguridad, no ha reaccionado ante las derrotas más allá de no convocar a un lamentable Piqué. El toro no sabe pensar, el toro cuenta con su poderío, su musculatura, su intensidad, y no ha carecido de ella en líneas generales en lo que llevamos de temporada. Pero cuando le toca enfrentarse ante otro equipo bravo, dispuesto a atacar y hacer daño (como los de Blanc, Ancelotti y Berizzo) se azora y no sabe qué hacer. Queda anulado. Si además el otro equipo cuenta con una mente capaz de localizar estos puntos débiles y aprovecharlos, Lucho queda servido en bandeja y la afición comienza a impacientarse.

Ya dijo Sir Alex Ferguson que el fútbol se parece cada vez más a una partida de ajedrez y que en ajedrez si te despistas un momento estás muerto. Guardiola era un ajedrecista, un creativo del fútbol, un Steve Jobs, un Kasparov. Luis Enrique es un toro y sobre la arena los toros tienen todas las de perder. Da igual que sea ante otro miura (la bravura), da igual que sea ante un torero (la mente), siempre derrama su sangre.

El Barcelona afronta su primera crisis de temporada, que cada vez llegan antes, y se encuentra falto de ideas y de pensamieno claro para afrontarla. Nada parece funcionar, todo se ralentiza, estropea o desconecta. Cada vez quedan menos líneas de precisión sobre el campo, la presión se ha perdido, la rápida circulación de balón también, queda olvidado el equilibrio en las bandas y el tridente ofensivo deja de inspirar miedo mientras la pólvora mojada se amontona.

Dice nuestro compañero César Cuervo que debemos esperar a que este equipo salga adelante, que en febrero y mayo será cuando deba demostrar su poderío y no ahora. Que el iron man también tardó en despegar en Vigo y que terminó la temporada convertido en un héroe. También dice nuestro compañero Caparrós que el juego de este equipo es pobre, que el Barcelona ha quedado en Liga con el marcador a cero por primera vez desde el año 2011. Que pierde dos partidos ligueros seguidos desde el primer año de Guardiola, allá por el 2008. Que por el momento no hay solución y que el toro no se entiende con los bailadores de ballet.

En cualquier caso, el asturiano y el futbolero de calle sabe que si se mantiene en el cargo (no hace falta decir que el Tata Martino ya hubiera hecho las maletas) es debido a su historial en el club y no al historial de su equipo. Pero ningún crédito es eterno y algún día, de seguir así, deberá pagar y mucho. Por ello en los próximos días escribiremos aquí sobre los rumores que recorren Can Barça. Por más que ningún directivo haya criticado en público al técnico por el momento, en las oficinas ya empiezan a moverse y a analizar las diferentes opciones de las que disponen. Ya empieza a hablarse de posibles sucesores repartidos por todo el continente. No por urgencia, todavía le queda tiempo para reaccionar, sino porque no parece que lo esté haciendo.

Luis Enrique debería despertar y hacer despertar a su equipo, como prometió hacerlo. Debería empezar a hacerlo inmediatamente y de paso cumplir con lo prometido a su llegada: su apuesta por los jóvenes (Munir y Sandro corren el riesgo de convertirse en sus Tello y Cuenca, en vez de en sus Pedro y Busquets), por la presión alta, la heterodoxia que les permita recurrir también a las contras. Por la atención, colocación y coordinación a la hora de jugar. Por practicar un fútbol activo, creativo, agresivo e intenso los 90 minutos. El fútbol propio de un miura.

Mejor que se dé prisa, ningún crédito es para siempre y Barcelona ya no es taurina.


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