Por Raúl S. Saura
La jornada tres estaba marcada en rojo en el Camp Nou. Más allá del derbi madrileño que favorecería en cualquier caso, se habría de recibir a los leones en casa. Ahí es nada. Dos equipos con muchas semejanzas, con grandes canteras, equipos de balón y ataque, pasión por el fútbol y repletos de buenas noticias en los últimos días. Dos equipos con dos entrenadores como Valverde y Luis Enrique, dos convencidos discípulos de la Masía y Johan Cruyff (aunque el asturiano no militara bajo sus órdenes), configuradores de un equipo de autor en ambos casos donde los jugadores responden a sus enseñanzas con la circulación de balón y a su ambición con la presión al rival.
Mucha era la ambición de los vascos para el duelo a las cuatro de la tarde. Los del txingurri no tienen miedo ante nadie, demuestran una fiereza absoluta sin balón y una gran colocación en todo momento, además de una gran ofensividad con el cuero bajo los pies, más con Beñat sobre el terreno de juego. No en balde sonó antes el nombre de Valverde que el de Lucho para el banquillo culé, pero el iron man también mostró sus argumentos. Una jornada más ha demostrado contar con las ideas claras en todo momento y una mano de hierro (valga la redundancia) a la hora de tomar decisiones. Como que Montoya sustituyera a Alves, Piqué quedara en el banquillo sobrepasado por el Jefecito Mascherano o Munir relegara al banquillo a la estrella Neymar una semana más. Y despertara a su mejor versión, como comprobamos más adelante.
Lo dicho, el reto resultaba doble para las ambiciones de unos y otros, y los leones dejaron enseñar las garras desde el mismo comienzo cuando pillaron a los blaugranas despistados, probablemente con preocupación por saludar a la Senyera y a las fechas 1714-2014 en el mosaico del estadio. En cualquier caso, los discípulos de Valverde les maniataron en los primeros compases del encuentro, produciendo que Bravo se descubriera requerido ante un remate de Beñat, que los centrales trabajaran más que centrocampistas y delanteros (Mathieu, el mejor defensor de las tierras del chileno). Jugaba el Athletic con pasión, con ofensividad, con fuego y el Barça se estaba quemando y buscó con qué dar la respuesta en vez de venirse inmediatamente abajo como hubiera ocurrido el año anterior.
El equipo de Luis Enrique no tiene miedo y mira siempre hacia delante, sin dudas ni filosofías: juega arriba. Vertical, en cuestión de un parpadeo y sin desdeñar un contraataque porque, de los dos, el heredero heterodoxo del holandés es el entrenador blaugrana. Eso y la plantilla de aúpa; quien mejor comprende el mensaje del DT es Munir. El hispano-marroquí hizo despliegue de un esfuerzo portentoso en todo momento: presionó cada balón y bajó cuando se vio de ayuda para sus compañeros. Se comprende que dejara durante tanto tiempo a Neymar sin minutos, aunque este no se dé por vencido. Ni él ni el Athletic, que plantó cara y persistió en todo momento, viviéndose en el Camp Nou un duelo de intensidad envidiable, un espectáculo para los más de 80.000 espectadores solo emborronado por el farragoso arbitraje de Borbalán, con penaltis, tarjetas y faltas por señalar a unos y otros, y señalados otros inexistentes. El público interpretó que ante la duda pitaba contra los catalanes y se dieron infinidad de pitidos como venganza.
Ambos entrenadores, conscientes de su supuesta rivalidad, no dieron descanso y procedieron a los cambios en la segunda parte para no decaer en ningún momento. Entraron Ibai Gómez y el prometedor Unai López, del que ya nos habló el compañero Alain Presentación, por el lado rojiblanco. Luis Enrique daría entrada a Piqué por un desorientado Mascherano debido a un golpe de cabeza y a Neymar por Munir, derrengado después de haber batallado todo lo batallable y más. Aún desacertado de cara a gol (Iraizoz supuso una muralla portentosa durante gran parte del encuentro y el árbitro le anuló un posible gol legal), mereció y recibió la ovación general. De continuar por este camino, su futuro se halla entre los más grandes. Pero el equipo mejoró con los cambios, con Piqué se facilitó la salida de balón, que llegaba cómodamente a los desbordantes, enérgicos y eléctricos Rakitic e Iniesta, amos del centro del campo por su superioridad en el uno contra uno y su visión de juego. Surtieron así a los delanteros más arriba, más cercanos entre ellos y de cara al área que anteriormente, algo positivo de cara a las conexiones entre ellos. Y, especialmente, entre dos genios que empiezan a jugar juntos como los ángeles: Messi y Neymar, a espera de la incorporación de Suárez. Llegó el carioca con ganas de comerse al mundo y demostrar lo que vale ante un chaval que no alcanza la veintena. Corrió, bailó y marcó asistido por el argentino en ambas ocasiones. En la primera Busquets rebañó el balón para ceder al 10 y este al 11 quien definió sobre la salida de Gorka a falta de 11 minutos para el fin del encuentro. No contento con ello y aprovechando el bajón físico de los visitantes, remató la faena. Fue asistido en el punto de penalti por Messi y una carrera portentosa suya para marcar a la izquierda de Iraizoz. Hundió a los vascos que vieron inútiles sus meritorios 80 minutos de labor y dejó constancia de su presencia ante el entrenador, por si le había olvidado. Luis Enrique sonreiría, al igual que el resto de jugadores el carioca dio lo mejor de sí al verse obligado para destacar, más allá de su nombre, como él pretendía. Su meritocracia se consolida una semana más con cero goles en contra y nueve puntos de nueve frente a su principal rival de estilo.
Vuela seguro este Barça de Lucho que convence cada vez más e ilusiona ante las correcciones de faltas pretéritas. Con paso firme avanza hacia delante sin miedo alguno en el día de la victoria de Neymar. Asistido por Leo, esperemos que le queden muchas por delante.
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