martes, 2 de septiembre de 2014

El séptimo de caballería de 19 años

Por Raúl S. Saura
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El papel del séptimo de caballería en las películas del Oeste siempre ha despertado simpatía entre los espectadores. Simpatía en el recuerdo y alivio en los filmes cuando había de rescatar en el último momento a los protagonista de la matanza india a modo de socorrido y manido deus ex machina. En fútbol qué se puede decir, aún alivia los corazones de muchos fans y entrenadores a la hora de hacer números, a veces aún suponen la diferencia entre 0 y 3 puntos, entre la derrota y la victoria, el rescate in extremis. Ese fue el propósito de la incorporación de Luis Enrique como nuevo técnico culé, la recuperación del Barcelona del juego mediocre, predecible y blando. De la pérdida del éxito. Se quería reconocer en él a un salvador, pero la verdad obliga a decir que anoche él fue el rescatado, él y su equipo, por un chaval nacido en julio del 95, un joven que frisa los 20 euros llamado Sandro Ramírez, delantero del filial al que muchos consideran el nuevo Pedrito.
El partido en el Madrigal despertó algunas sorpresas en los onces iniciales: Uche no jugaba para los locales mientras Xavi por decisión técnica e Iniesta por lesión veían banquillo para los culés junto con Neymar. Rakitic, Rafinha, Munir y más caras nuevas como Bravo y Mathieu se impusieron sobre varios compañeros a la hora de disputar un encuentro muy importante. Para ambas bandas: el Villarreal aspiraba a confirmar su buen inicio en la nueva temporada tras su triunfo en la primera jornada y a la hora de clasificarse para la Europa League; el Barcelona, a reconquistar el título liguero y a volver a situarse en la élite continental. Las caras podían variar, pero no la determinación ni el hecho de que sean equipos de vistoso juego en España, sino el mejor. 
Desde el principio casi se pudo comprender la futura necesidad para Luis Enrique de un séptimo de caballería; las ocasiones eran culés, el juego, el balón (la posesión alcanzó el 76% en la primera parte), el control del centro del campo, relegando al submarino amarillo a un papel más discreto sobre el terreno de juego. Se esperaba el asfixiamiento paulatino del rival como la jornada anterior ante el Elche, pero no llegaba y quedaba en los labios el sabor a pólvora mojada, el que se quería evitar. Los culés disfrutaron de mil y una ocasiones para adelantarse en el marcador, pero el planteamiento de Marcelino no pecaba de ingenuidad en casa y los locales siempre lograban salvar los papeles cuando lo requerían; Víctor Ruiz o el cancerbero Asenjo consiguieron no cambiar el marcador durante un tiempo, mucho para los blaugranas, que asistían impertérritos a la faena. Parecía que la suerte les hubiera abandonado, como si el gato negro de la semana anterior comenzara a tener efecto ahora. Solo eso explica situaciones como el disparo de Pedro al cuarto de hora, la falta lanzada por Messi a los treinta minutos al rebotar el esférico en Asenjo o la volea de Rafinha al filo del descanso. Ninguna ocasión subía al luminoso pese a tener de su parte el control y el guión del partido, pero aun así los del Villarreal lograban frenarles con la férrea defensa atrás y las ocasionales contras que exigían a la zaga culé. Ante la presión, ya en la segunda mitad, Mathieu estuvo a punto de realizar su mayor error en su corta carrera en Barcelona cuando casi marcó en propia puerta al cortar un centro de Trigueros. Suerte que fue solo palo. La impotencia comenzó a crecer pasado el ecuador del choque, con un 2-0 favorable a los culés... en tarjetas amarillas. 
Luis Enrique tuvo claro que se requería variar el esquema e introducir frescura en el equipo para salir del Madrigal con los tres puntos, imprescindibles para conseguir un gran comienzo en la lucha por el título doméstico a tres bandas. Pero Marcelino también y, de la misma manera que entraron al terreno de juego Neymar, Sandro y Xavi (por Munir, Pedro y Rafinha), también ingresaron Gabriel, Vietto y Espinosa. El entrenador local dejaba claro que, si el asturiana busca triunfar, debía ganárselo, él no le daría ninguna ventaja.
Los últimos 45 minutos, más allá de los cambios, no introdujeron grandes diferencias con respecto a los primeros. El centro del campo (magistral Rakitic una semana más) carburaba bien, surtiendo de balones a los atacantes, especialmente a un activo Messi que no encontraba recompensa mientras el Villarreal alcanzaba fácilmente los territorios de Bravo en un duelo igualado e intenso en el que todo podía pasar. Y en río revuelto pescó el imberbe. Tras buena jugada en banda del argentino universal tras Maradona y Borges, salvaban los referentes Asenjo y Ruiz para ceder a Sandro que enfiló desde el centro del área, raudo, con un sonido de trompetas a su alrededor. Incluso pareció más alto en su carrera, imponente, con el trote de la caballería y el instinto del tiburón colocó el esférico más allá de la línea y entregaba a los suyos 3 puntos con sabor a gloria en el minuto 80. La apuesta por la juventud, reforzada con Lucho, dio su recompensa como hiciera siete días con Munir. 
A falta de un suspiro para el final del encuentro, a los jugadores del Villarreal no les quedaba otra que atrincherarse arriba y, con esperanzas, darle la vuelta la marcador. Pero la suerte ya se había pronunciado y no a su favor, el partido quedó por concluido sin incidentes reseñables y el Barcelona coronó el Madrigal, confirmando en el último momento las buenas sensaciones en la nueva etapa. 6 puntos de 6 posibles sin goles en contra, números favorables para encarar la próxima jornada al Athletic en el Camp Nou
Nadie sabe qué ocurrirá entonces, pero este equipo rápido, versátil y dinámico hace recuperar la sonrisa a una afición de capa caída. Con un liderazgo poderoso, energía a raudales en el juego y la fortuna favorable, la hinchada se permite soñar una rítmica melodía a ritmo de trompetas.

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