Por Raúl S. Saura
El papel del séptimo de caballería en las películas del Oeste siempre ha despertado simpatía entre los espectadores. Simpatía en el recuerdo y alivio en los filmes cuando había de rescatar en el último momento a los protagonista de la matanza india a modo de socorrido y manido deus ex machina. En fútbol qué se puede decir, aún alivia los corazones de muchos fans y entrenadores a la hora de hacer números, a veces aún suponen la diferencia entre 0 y 3 puntos, entre la derrota y la victoria, el rescate in extremis. Ese fue el propósito de la incorporación de Luis Enrique como nuevo técnico culé, la recuperación del Barcelona del juego mediocre, predecible y blando. De la pérdida del éxito. Se quería reconocer en él a un salvador, pero la verdad obliga a decir que anoche él fue el rescatado, él y su equipo, por un chaval nacido en julio del 95, un joven que frisa los 20 euros llamado Sandro Ramírez, delantero del filial al que muchos consideran el nuevo Pedrito.
El partido en el Madrigal despertó algunas sorpresas en los onces iniciales: Uche no jugaba para los locales mientras Xavi por decisión técnica e Iniesta por lesión veían banquillo para los culés junto con Neymar. Rakitic, Rafinha, Munir y más caras nuevas como Bravo y Mathieu se impusieron sobre varios compañeros a la hora de disputar un encuentro muy importante. Para ambas bandas: el Villarreal
aspiraba a confirmar su buen inicio en la nueva temporada tras su
triunfo en la primera jornada y a la hora de clasificarse para la Europa League;
el Barcelona, a reconquistar el título liguero y a volver a situarse en
la élite continental. Las caras podían variar, pero no la determinación
ni el hecho de que sean equipos de vistoso juego en España, sino el mejor.
Desde el principio casi se pudo comprender la futura necesidad para Luis
Enrique de un séptimo de caballería; las ocasiones eran culés, el
juego, el balón (la posesión alcanzó el 76% en la primera parte), el
control del centro del campo, relegando al submarino amarillo a un papel
más discreto sobre el terreno de juego. Se esperaba el asfixiamiento
paulatino del rival como la jornada anterior ante el Elche, pero
no llegaba y quedaba en los labios el sabor a pólvora mojada, el que se
quería evitar. Los culés disfrutaron de mil y una ocasiones para
adelantarse en el marcador, pero el planteamiento de Marcelino no pecaba de ingenuidad en casa y los locales siempre lograban salvar los papeles cuando lo requerían; Víctor Ruiz o el cancerbero Asenjo
consiguieron no cambiar el marcador durante un tiempo, mucho para los
blaugranas, que asistían impertérritos a la faena. Parecía que la suerte
les hubiera abandonado, como si el gato negro de la semana anterior
comenzara a tener efecto ahora. Solo eso explica situaciones como el
disparo de Pedro al cuarto de hora, la falta lanzada por Messi a
los treinta minutos al rebotar el esférico en Asenjo o la volea de
Rafinha al filo del descanso. Ninguna ocasión subía al luminoso pese a
tener de su parte el control y el guión del partido, pero aun así los
del Villarreal lograban frenarles con la férrea defensa atrás y las
ocasionales contras que exigían a la zaga culé. Ante la presión, ya en
la segunda mitad, Mathieu estuvo a punto de realizar su mayor error en
su corta carrera en Barcelona cuando casi marcó en propia puerta al
cortar un centro de Trigueros. Suerte que fue solo palo. La
impotencia comenzó a crecer pasado el ecuador del choque, con un 2-0
favorable a los culés... en tarjetas amarillas.
Luis Enrique tuvo claro que se requería variar el esquema e introducir frescura en el equipo para salir del Madrigal
con los tres puntos, imprescindibles para conseguir un gran comienzo en
la lucha por el título doméstico a tres bandas. Pero Marcelino también
y, de la misma manera que entraron al terreno de juego Neymar, Sandro y
Xavi (por Munir, Pedro y Rafinha), también ingresaron Gabriel, Vietto y Espinosa. El entrenador local dejaba claro que, si el asturiana busca triunfar, debía ganárselo, él no le daría ninguna ventaja.
Los últimos 45 minutos, más allá de los cambios, no introdujeron grandes
diferencias con respecto a los primeros. El centro del campo (magistral
Rakitic una semana más) carburaba bien, surtiendo de balones a los
atacantes, especialmente a un activo Messi que no encontraba recompensa
mientras el Villarreal alcanzaba fácilmente los territorios de Bravo en
un duelo igualado e intenso en el que todo podía pasar. Y en río
revuelto pescó el imberbe. Tras buena jugada en banda del argentino
universal tras Maradona y Borges, salvaban los referentes
Asenjo y Ruiz para ceder a Sandro que enfiló desde el centro del área,
raudo, con un sonido de trompetas a su alrededor. Incluso pareció más
alto en su carrera, imponente, con el trote de la caballería y el
instinto del tiburón colocó el esférico más allá de la línea y entregaba
a los suyos 3 puntos con sabor a gloria en el minuto 80. La apuesta por
la juventud, reforzada con Lucho, dio su recompensa como hiciera siete
días con Munir.
A falta de un suspiro para el final del encuentro, a los jugadores del
Villarreal no les quedaba otra que atrincherarse arriba y, con
esperanzas, darle la vuelta la marcador. Pero la suerte ya se había
pronunciado y no a su favor, el partido quedó por concluido sin
incidentes reseñables y el Barcelona coronó el Madrigal, confirmando en
el último momento las buenas sensaciones en la nueva etapa. 6 puntos de 6
posibles sin goles en contra, números favorables para encarar la
próxima jornada al Athletic en el Camp Nou.
Nadie sabe qué ocurrirá entonces, pero este equipo rápido, versátil y
dinámico hace recuperar la sonrisa a una afición de capa caída. Con un
liderazgo poderoso, energía a raudales en el juego y la fortuna
favorable, la hinchada se permite soñar una rítmica melodía a ritmo de
trompetas.
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